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Allá vamos!

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Regalos

Regalos

No soy materialista. No me gusta acumular cosas y vivo pensando que sólo necesitamos lo que cabe en dos maletas, el resto sobra. Creo las personas que me rodean se dan cuenta de eso y cuando me tienen que hacer regalos los hacen pensando en que se gastarán o estarán cargados de emotividad o, mucho mejor aun, no ocupan lugar.

Hoy, que me hago un poco más antiguo (por favor, pasadme el carbono 14) me han hecho algunos regalos que, agradezco, pueda consumírmelos sin necesidad de ponerlos en las dos maletas: Meli y Regi me ragalaron una colección de doce cervezas artesanales y una moleskine cervecera; Robert me regaló una muy, muy apreciada moleskine del Camino de Santiago para que me vaya preparando para la caminata y Miri… Miri es párrafo aparte.

Una camiseta con la frase estrella de Sheldon Cooper, una correa para la cámara (en complicidad con nuestro amigo Diego) y, lo mejor de todo: un taller literario para que, finalmente, pueda dar el empujón a escribir la novela que anda dando vueltas en la cama hace mucho tiempo. Este último es, tal vez, el más trascendente e importante de todos ya que está cargado de sentimientos, de deseos y, fundamentalmente, muestra qué tanto me conoce la mujer que más quiero en el mundo.

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Durante diez días tuve que sacarla de su cajita, ver cómo un poco de líquido salía por uno de sus extremos y después hundirla en mi barriga para que, según me explicaron, no me salgan trombos. Pero se terminó.

Se terminó porque mañana martes me quitarán la escayola, me dirán que dé un salto para demostrar que puedo correr y me pondrán una medallita en el pecho porque con ningún pinchazo lloré.

Jeringa

Jeringa

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Escayolado

Como James Stewart

“¿Vamos al super?”, me preguntó Miri y yo muy contento porque quería salir a dar una vuelta cogí el carrito naranja de la compra. Y allí íba yo tico taco, tico taco. Primera visita a la herboristería a comprar algo que ya no recuerdo y la muy maligna estaba cerrada, pero como había otra cerca seguimos caminando un poco más, cruzamos la calle (tico taco, tico taco mediante) y estábamos llegando pero para adelantarme levante la vista, la posé sobre el horizonte en el que se veía el horario de atención del lugar y siguió “traaajj” y un musical grito de tarzán que se oyó hasta en la selva brasileña.

Acto seguido  sólo recuerdo a Miri sacándome el zapato en medio de la calle y yo pensaba que ya me tenía que poner el pijama o algo así. Luego llamámos a un taxi y terminé en el Hospital La Paz donde interactúe con 9 profesionales (cinco de ellos me atendieron y otros miraron) súper majos que me dejaron el queso blanco y me devolvieron a casa. Mientras volvíamos con mi pié escayolado tuve la siguiente conclusión:

  1. No hay que hacer caso a las abuelas. Yo llevaba calzoncillo limpio y sanito pero nunca me lo miraron.
  2. Si escuchas un “traajj” y le sigue un grito, ve a urgencias porque seguro que te lo escayolan.
  3. Si tienes en mente tener un esguince, fracturarte un hueso o romperte algo trata de que no sea yendo a la compra porque hacerte placas y hablar con los médicos mientras sostienes tu carrito naranja no es glamoroso.
  4. Cuando te pregunten cómo te accidentaste tienes que decir que fue salvando un osito junto a Greenpeace, saltando en paracaídas, consiguiendo un nuevo record de velocidad  o algo así porque si dices que te caíste por no mirar el camino además de yeso te ponen gafotas.
  5. Por último, antes de llegar cómprate binoculares y no dejes de mirar al edificio de enfrente porque, como James Stewart, nunca se sabe cuándo un vecino puede cometer un asesinato.

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Autorretrato o cómo hacer una foto diferente a una lámpara en tu casa un día de invierno. Este soy yo, para los que no me conocen en persona aunque debo reconocer que no soy tan deforme ni amarillo como muestra la imagen.

Autorretrato

Autorretrato

Josué y el MST

MSTLos abuelos de Josué vivían en un campo cerca de Rondonia, en el estado de Paraná. Con el tiempo los pistoleros enviados por grandes terratenientes fueron más agresivos, tanto que Josué y toda su familia tuvieron que emigrar. Luego de buscar un lugar terminaron en Londrina, una ciudad grande donde, gracias a su empeño, encontraron trabajo.
Todo parecía sonreir para ellos, pero la crisis, la falta de formación y las exigencias terminaron con la buena suerte. Su pequeña casa se convirtió en un montón de plástico y madera en una favela, el hambre los obligó a buscar en la basura mientras  la delincuencia y el narcotráfico los cercaban. Al mismo tiempo, el gran hacendado que se quedó con sus tierras no las producía sino que las tenía como método para acumular riqueza.
Un día, de sorpresa, llegaron algunos “sintierra” ofreciendo volver al campo, pero con la condición de que tendrían que acampar durante meses frente al campo para que fuese expropiado por el Estado y distribuido entre los que menos tienen.
Después de un tiempo de acampar y esperar la expropiación la familia de Josué recibió un trozo de tierra, tal vez un poco menos de lo que tenía antes, pero allí podría volver a criar a sus animales, plantar y, como él decía “no volver a pasar hambre”.

La historia se repite por cientos de miles en Brasil y tal vez no signifique nada para muchos pero, hace algunos años, ya no recuerdo cuántos, tuve una participación activa en el Movimiento Sin Tierra, tal vez la organización social más grande del mundo. Primero me encargué de comunicación, luego alfabeticé a niños y adultos (en portugués) y terminé coordinando campamentos de más de 200 familias.
Al principio no entendí cómo terminé allí hasta que me detenía a ver la miseria, la necesidad de sobresalir de personas que no tenían más que lo puesto y la urgencia de que alguien les eche una mano.
Tal vez, como decía, no signifique mucho para gran parte de los que leen esto pero hoy, rebuscando a mis amigos del Movimiento Sin Tierra, me acordé de nada una de las caras, de cada uno de los momentos y me emocioné hasta la médula aunque nunca, estoy seguro, tanto como cada uno de ellos se emociona con los huesos temblorosos y las lágrimas en los ojos cuando les dicen que, al menos, hambre no volverán a pasar.

El tiempo y las palabras

El oficio de escribir

El oficio de escribir

“El tiempo no es suficiente”, dice un reloj y se apresura por apresurar la marcha de sus agujas.

“El tiempo es anárquico, incontrolable”, piensa un joven estudiante de filosofía mientras trasnocha estudiando.

“Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.”, dice el proverbio árabe.

Y aquí y ahora me siento yo para pensar con ignorancia supina la dificultad de hacer frente a la velocidad con la que corre nuestra vida, con lo alejados que nos encontramos de nuestras bitácoras, con los deseos de sentarnos más reiteradamente a hablar del tiempo.

No he escrito en mucho tiempo, no he escrito cuentos, ni he terminado la novela; no he alimentado el blog y mucho menos he destinado tiempo a 140 caracteres diarios.

Ahora, cuando todo fluye con velocidad extrema y amenaza con empujarme mañana hacia la ausencia de letras mal entrelazadas, solo puedo citar lo que hace unos días dijo el escritor Santiago Gamboa:

Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza.

Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme.

Prometo no ser tan “versátil” como algunos editores quisieran.

Prometo no ser nunca un escritor sin escritura.

Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento.

Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco.

Prometo también algo muy sencillo.

Repetir cada mañana esta plegaria:

“Señor, no soy ávido

sólo te pido 500 palabras”.

Meee meeeee memeeeee

Meme

Meee meee

Meli me envió hace unos días (hace muchos días, en realidad) un meme que, si bien dice nadie está obligado a responderlo, es por lo menos entretenido.
El meme en cuestión es por lo más sencillo y atractivo: Sólo hay que decir siete cosas sobre tí. No sé muy bien porqué se trata de siete cosas, pero ese número va y viene siempre (la vida de los gatos, la mala suerte del espejo, los enanitos de Blancanieves, etc.)
Entonces, sin más vueltas, aquí van las siete cosas sobre mí… a ver qué sale:

1- Gatines y Cerditos. No entiendo muy bien el motivo, pero me gustan los muñequitos de gatos y de cerditos. Es como una obsesión pues los puedo ver sólo a ellos entre millones de otros tipos de muñequitos. Hay algo en la mirada cerduna y en la paciencia gateril que me hipnotiza.

2- Zapatos. Me gusta sentarme con Miri en la calle y ver la gente pasar cerca nuestro, pero con una particularidad: mirarle los zapatos y las botas para ver cómo visten.

3- ¿Y mi gorrito? Hecho de menos llevar gorrito, siempre llevaba uno. El último importante que tuve era de unos diseñadores importantes en Chile, pero lo perdí y después tuve que dejar de utilizarlos porque se me caía en pelo y si bien quedaban todos guardaditos en el gorrín, ya no volvían a la cabeza.

4- Cuentos. Me gusta escribir y si bien por acá no aparecen muchas cosas, en el último año he escrito más de 200 cuentos.

5- Meme. Si alguien me pide que explique lo que es un Meme no sabría hacerlo, pues este es el primero que hago y no sabía lo que era hasta hace muy poco tiempo… cosas de culturas lejanas.

6- Natación. No sé nadar porque donde nací sólo veíamos el agua saliendo del grifo y creíamos que el mar era de 21 pulgadas y en blanco y negro. Me ahogué unas tres veces y tengo prometido ir en breve a un lugar donde enseñen a no ahogarse.

7- Frio. Amo el invierno, me gusta mucho muchísimo el frío, pero no veo la hora que El Corte Inglés anuncie que llega la primavera porque mi temporada invernal comenzó en mayo en el hemisferio sur.

Mi terremoto

Terremoto Chile

Por aqui paseaba yo... imagínate que fuera tu barrio

Los vidrios del escaparate desparramados en la acera, el cartel caído y la mirada de pánico de una mujer llegan con la velocidad de la tecnología y la crueldad de la catástrofe que recién comienza.

Unas calles más abajo el Museo de Bellas Artes deja ver que su fachada fue derrotada por la incontrolable furia terrestre. El impacto es mayor, el dolor y la pena arañan la piel y amenazan con arrancar una pálida gota de los ojos.

Mi casa estaba a una calle del escaparate. Mi casa estaba a unas pocas calles del Museo de Bellas Artes, mi barrio, mi espacio, ese que recuerdo con cariño, se ha desgarrado, como se ha desgarrado medio Chile.

Es paradójico, pero no nos damos cuenta lo que queremos un lugar hasta que la tragedia los invade. Es paradójico porque pese a no vivir más allí, ese pedacito de tierra, hoy destrozado, duele de un modo tan difícil de describir que no permiten escribir una línea más.

El día que viajamos con cerdos

Una cerdada

Mi mamá es una de las personas con mayor espíritu comercial que he visto en mi vida. Si no vestía a mujeres incursionaba en la gastronomía, en el diseño de vestuario, frutas, o compra y venta de… animales. Pero para que todos sus hijos guarden un buen recuerdo no compraba y vendía caballitos, perros de raza o gallinas. A mi madre se le dio por el mercado porcino a pequeña escala.
Cuando Arol era arolito viajaba, con su mamá y sus hermanos, al campo a visitar a sus abuelos. Se metían todos en una camioneta y los más afortunados iban delante, los salvajes nos metíamos en la caja trasera y allí andábamos dando saltos y relinchos. En uno de esos viajes mi madre decidió detenerse en un campo que no conocía y preguntar por unos cerdos pequeños que había, pregunto cuanto crecían, cuanto median, el peso y finalmente el precio; momento en el cual apareció nuestra mejor cara de espanto: Teníamos que compartir nuestro transporte con unos cerditos.
Mi madre, convencida de que ese sería un buen negocio no optó por uno, dos o tres marranitos; apostó todo a unos 15. Después de enfadarnos un poco les amarramos sus patitas y los subimos a la camioneta, donde pudimos nos metimos nosotros y comenzamos la marcha.
Después de aquel primer viaje llegue a la conclusión que el cerdo es uno de los mejores animales para viajar, no hace ruido, no se mueve (y mucho menos si tiene las patas amarradas) y entra en una tranquilidad propia del Tibet. Sin embargo tienen un pequeñito problema: No saben ir al baño y les da ganas justo justo cuando el vehículo emprende su marcha soltando unos pumpunes feísimos.
Por eso el consejo es: si viajan con cerdos, escojan la parte delantera de la camioneta.