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Cuando arol dejó de ir al gimnasio

¿Quién no ha ido alguna vez a un gimnasio y se prometió que no abandonaría y se pondría en forma? Pues yo lo hice

Suda, suda

Suda, suda

tres veces, en parte para convencerme que estaba seguro del arrepentimiento y en parte porque siempre me encontraba algún motivo para cultivar con cariño la barriguita televisiva. Pero mi última despedida del gimnasio (hace muchos años) tiene sus razones.

Era el lugar ideal, yo llegaba y me encontraba con los típicos personajes de estos antros de la sudoración:

  • Señoras de más de 40 que quieren parecerse a sus hijas, aunque tienen un gordo calvo en la casa.
  • Hombres con canas en los pechos que van para ver si coquetean con alguna muchacha.
  • También están las chicas que van para bajar el culo, pero principalmente para criticar a “la tonta de la fulana que se viste muy mal”
  • No faltan los chavalines que no consiguen a ninguna chica y tratan de contrarrestar los granitos con músculos.
  • Y finalmente los que no consiguen girar el cuello porque lo tienen más grueso que la cintura.

Así que después de pasar por todos esos personajes, Arol entraba en el gimnasio sintiéndose el único ser humano normal con culo grande, barriga prominente, pelo despeinado y sin más pretensiones que sudar un poco para bajar 25 gramos al mes.

El último día que fui, hacía frío así que utilizaba un pantalón largo que me lo había comprado pensando que el culo era más pequeño pero cuando me lo puse me di cuenta que me encontraba forrado como chorizo de campo mal amarrado. Esto no me detuvo y le hice caso a mi instructor: “flexiones de estas, flexiones de aquellas y suba y baje” mientras la musiquita que me recordaba a la lavadora de mi mamá no dejaba de sonar.

Y llegó, finalmente, la razón de mi despedida cuando el instructor dijo “¡elongación!” Yo le hice caso y con una sonrisa junté mis piernas y lancé mis manos para tocar la punta de los pies hasta que sentí un “raaaajjjjjj” y posteriormente toda mi pierna y mis partes pudorosas sintieron el aire fresquito.

Aquel día traté de seguir con disimulo, pero cuando todo el mundo no deja de mirarte el culo porque lo llevas al aire no hay disimulo que valga.

Deseos, emociones y palabras


Seis veces mis dedos navegaron por esta línea antes de lanzar la primera idea que aun deambula en mi cerebro y no consigue salir a sabiendas que la emoción, las lágrimas y la alegría la retienen. Poco puede hacer la inspiración frente a las mejillas acariciadas por un hilo húmedo.
Deseo el golpe en la puerta con la sonrisa que se desdibuja frente al beso sempiterno.
Deseo la mirada interrogativa bajo las cejas enarcadas que esperan respuestas que creo no tener.
Deseo abrazo.
Deseo palabras.
Deseo…
Han pasado dos meses y, debo confesarlo, escribir no se presenta como una tarea sencilla en este momento. Han pasado dos meses y en ellos he vivido lo más emocionante de mi carrera como ser humano. Han pasado dos meses y siento alegría por los 70 años quedan por delante. Han pasado dos meses y las letras se han transformado en una gota que se suspende en el aire mientras sonrío de felicidad.
Si el sentimiento pudiera, como lo ha hecho en otras oportunidades, convertirse en palabra, estos serían los párrafos más destacables de mi ignota carrera como escritor. Pero hoy no es el día.
Hoy es el día en que disfruto de lo vivido, planifico el futuro y, sobre todo, me enamoro de la ternura y la inteligencia hecha persona.