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Niñetes abrigados

Abrigado hasta la lengua

Abrigado hasta la lengua

Cuando llega el invierno me doy cuenta que los niños no sufren de frío, sufren de madre. Y es que los pobres mediometros con piernas quieren andar libres, pero ¡no! no es posible porque tienen una señora en casa que lo primero que les dice es “si no te abrigas no sales a la calle”. Así que allí comienza la travesía abriguística.

El pequeño agarra un jersey y se lo pone con cara de morder a alguien, pero la madre llega y se lo quita para vestirlo como el frío manda:

Comienza con dos calcetines finos debajo de los calcetines gruesos; sigue con dos camisetas, porque insiste en que con una no alcanza y menos si encima lo forran con dos jersey, una chaqueta por si llueve, la bufanda de la abuela que deja ver los ojos y un gorro con pompón para reconocerlo.

Conclusión: el niño sale tan lleno de ropa con una rigidez que más que un pequeñejo parece la estrella del arbolito de navidad, muy propicio para la época.

El día que arol fue estrella barrial

Corría el año milnovencientos y algo y arol era un niñete pequeñito que jugaba en su casa y tenía amigos en el barrio con quienes se reunía en interesantes tertulias donde se intentaba trascender con destrezas tales como “quién corre más rápido”, “quién salta más alto” o “quién es mejor con la pelota”.
No me interesa mucho explicarles, pero la actividad física jamás fue un bien preciado en el físico aroliano por lo cual todas las destrezas antes citadas estaban bien alejadas de poder cumplirse, pero siempre hay alguien a quien se le ocurre una prueba que puede estar al alcance de los niños poco ágiles.
Creo que tenía unos cuatro o cinco años cuando a un amigo del barrio se le ocurrió la prueba de “quién mea-orina-pipicea más lejos”. Por muy compleja que parezca, la técnica era simple. En primer lugar no es posible que en ella compitan las mujeres pues consistía en ponerse de pie en algún lugar reservado como, por ejemplo, el medio de la calle, sacar la cosa es que todo hombre lleva entre las piernas y apuntar hacia el infinito tratando de dejar una marca húmeda que otro tendrá que superar.
A los cinco años me pareció una idea estupenda. No tenía que correr ni hacer grandes esfuerzos, sino pensar en una técnica. Y se me ocurrió, pero hasta tanto no tuviera todo controlado no lo haría en público pues la reputación estaba en juego.
Así fue que pensé la estrategia: beber mucho agua, aguantar todo lo que se pueda y cuando ya está a punto de explotar, correr al medio de la calle y zákate, el chorro a diestra y siniestra.
Pues bien. Lo hice. Bebí mucha agua, aguanté lo más que pude las ganas, y antes pensé en el ataque sorpresa. Me escondí detrás de un arbusto tratando de que el chorro dibuje un semicírculo en el aire y aparezca del otro lado de la planta que me suparaba a mi en estatura. Llegué al lugar, saqué a mi amiga entre las piernas, apunté hacia arriba mientras la miraba con atención y fue tal la fuerza que no conseguí controlar y el chorro terminó adentro de mi boca.
Conclusión: Fui la estrella del lugar pues nadie había visto (y creo que no lo volvieron a ver) alguien que sea capaz de acertar su propio pipi en la boca. Sin dudas, un genio sin igual.