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Eider, dos años después

Hace dos años fueron unos dibujos que tardamos algunos minutos en comprender. Unos meses después los dibujos eran más comprensibles y escribió su nombre por primer vez. Hace tan sólo unos meses nos escribió sus primeras palabras.
Tenemos una granja con gallinas, conejos y una cerda con diez cerditos“, escribió con una letra muy clara y consiguió que me transporte a un pueblito en Colombia y lo vea allí al pequeño Eider entre la escuela y el campo;  con pocas palabras consiguió que lo vea crecer, que lo vea sonreír y que vea que ese regalo de Navidad de hace dos años que me hizo Miriam con el apadrinamiento de Ayuda en Acción mantenga vivo mi espíritu solidario que nadie debería perderlo.

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La mejor manera de ver la Torre Eiffel

 

La Torre Eiffel desde el río Sena

“Gírate, cierra los ojos y cógeme de la mano, porque vas a caminar de espalda”. Con esas palabras Miri me introdujo en la guía para turistas ciegos. Me hizo subir y bajar escaleras, esquivar a algunos vendedores de calle y después de unos minutos me detuvo. “Ahora -me dijo mientras me pedía que mantwnga los ojos cerrados- te vas a girar y vas a abrir los ojos”. Sin dudarlo y con la intriga salpicándolo todo le hice caso para darme cuenta que el resultado era algo bellísimo e inconmensurable. Tenía frente a mi, como
aparecida de la nada el símbolo más representativo de Francia: La Torre Eiffel.

A las 8 de la noche era una silueta de luces con un fondo gris frío que realzaba su belleza e invitaba a pensar todas las veces que la vimos como algoejano. Para quien vivió en un país que se encuentra a 12 mil kilómetros encontarte con un trozo de libro hecho realidad tiene un valor incalculable que, se potencian aun más, cuando la manera de descubrirlo es original.

Así crece nuestro lentejal

Hace unas semanas (tres para ser más exactos) Miri y yo miramos un paquete de lentejas que hay en casa y nos preguntamos: “¿Las comemos o las plantamos?” y como en ese momento no teníamos hambre decidimos soltarlas en un montón de tierra que hay en el salón y allí comenzaron a hacer su aparición las niñitas.

Aquí, una foto por cada semana para que vean la evolución.

Semana 1

Semana 1: Asoman los brotecitos y las semillas aun están por encima de la tierra... hay más tierra que verde.

Lentejal segunda semana

Semana 2: Aparecen ya muy alto los palitos verdes custodiados por un guardian muy bravo.

Lentejal Tercera semana

Semana 3: Creció tanto, tanto verde que el guardian no aguantó más y se lanzó a disfrutar de un descanso en el prao.

Mate y alfajores

Mi regalito

Regalo argentinísimo

Como todo argentino era muy pequeño cuando tomé mi primer mate; casi hasta ir a la universidad fue dulce, después pasamos al amargo. Recuerdo esas clases donde todos estábamos cerca de alguien que tenía un termo y un mate y enarcábamos las cejas para pedir uno.
Había dejado de tomar mate desde que vine de Chile, hasta hace unos días cuando llegó mi chica con una sorpresa bajo el brazo: Un mate y una bombilla. Pero parece que Miri tiene mucho más claro que yo lo que es ser argentino trajo una sorpresa extra: ¡Alfajores! y no es cualquier tipo de alfajor, sino los prestigiosos Havanna repletos del más hermosos dulce de leche y el sabor a la argentinidad.
Si bien los alfajores duraron un suspiro, el mate me llena de su rico sabor por la mañana y por la tarde así, en pleno centro de Madrid flamea la celeste y blanca.
Pero ¿qué es el mate? Pues mejor dejemos que lo explique el locutor argentino Lalo Mir

El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca.
Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
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Cuando vi a The Beatles

Tal vez tenia 10 años cuando pude ver “Help“, después le siguió “A Hard´s Day Night” y tras ello una seguidilla de discos y temas sueltos que poco a poco me hicieron un admirador de The Beatles. Como cualquier fan, aprendi a detestar a Yoko y a tenerle cariño a Linda, a creer que los Rolling Stones tenían envidia y que, pese a lo comercial, los cuatro de Liverpool supieron superarlo y hacer cosas mágicas como “Strawberry Fields Forever” (que me eriza la piel siempre). Así, poco a poco me fui identificando con ellos, aprendiendo tanto y disfrutando tanto de su música que fue creciendo un sueño imposible: Verlos tocar.

Hace unos días, mientras desayuñábamos, le dije a Miri: “Antes de morirme quiero ver, al menos, a Paul McCartney” (el gran mentor de la banda) y el tema no avanzó mucho porque seguimos hablando de otras cosas. Pero ella lo retuvo y el lunes quedamos en que la pasaría a buscar a la salida de su trabajo. Fui como otros días, dimos unas vueltas, después fuimos a comer y, finalmente, llegamos a la sala Galileo Galilei y allí me enteré de todo: Íbamos a ver a uno de los mejores imitadores de The Beatles.
Abbey Road
Cuando lo supe,
la barriga se ilusionó y cada uno de los temas me vinieron a la cabeza. Tenia que estar listo para cantar todo. Después de esperar un poco llegaron ellos, los Abby Road (llamados como el famoso disco) y lo dieron todo para que se cante y, si se quería, también se den unos gritos y se baile.

Después de dos horas salí de allí convencido que había tenido una imagen muy real de como seria cumplir un sueño imposible; salí de allí pensando que los imitadores sonaban tan parecidos a los reales y sobre todo salí pensando que tengo una chica dispuesta a darme gustos y sorpresas inolvidables.

Historias de los sábados

Blablablabla

Blablablabla

Es sin querer, lo prometo que es sin querer, pero como si se tratara de un poder mucho más fuerte que yo que llega desde el más allá, cuando estamos desayunando con Miri todos los sábados, aparece en mi mente el recuerdo de mi infancia.
A veces es una historia con mi madre, otras veces es la historia con mis abuelos, o simplemente alguna anécdota de Arol en versión diminuta.
Miri, sábado a sábado tiene (yo creo que le gusta un poco) que escuchar cada una de las andadas arolianas o de lo que se vivia en lugares calurosos a los que no quiere ir en verano. Pero estoy seguro que un desayuno sabaderil sin una historia de infancia, no será un desayuno en casa.
Todo esto cuento porque, si os encontráis con una historia de la niñez, seguramente, fue contada uno de estos fines de semana de extensos desayunos.

16


Hace un mes la vi salir por esa puerta. Ambos sabíamos que no volvería ella a entrar por allí, pero certeza teníamos que nos fundiríamos en un abrazo en breve.
Los dedos se entrelazaron y sintieron la humedad de la tristeza flotar en el aire; humedad que no pudo ser calmada siquiera con la esperanza del reencuentro cercano y el compromiso de amor eterno.
Un mes ha transcurrido y, debo confesarlo, la distancia no es una compañera en la cual podamos cobijarnos pues es un frío abrigo que nos congela, mas la lucha diaria y el cariño presente hace que a cada paso seamos vencedores.
Duerme ella mientras yo escribo estas líneas y la pienso en la cama, sin mí aun. Duermo yo mientras ella se levanta sin mi beso en la frente. Pero reposamos los dos en un instante del día en el hombro de nuestro otro ser.
No es fácil. Ambos lo sabemos. Ambos lo sabíamos. No será fácil, y eso también lo sabemos. Pero en nuestro conocimiento también habita la convicción de que somos lo mejor que nos pudo pasar, que las lágrimas valen la pena, que la lucha diaria tienen una recompensa inconmensurable, que el océano estrecho será en poco tiempo más y que, por sobre todo, nos amamos y no hay tiempo ni distancia capaz de agotar tal energía.