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El día que viajamos con cerdos

Una cerdada

Mi mamá es una de las personas con mayor espíritu comercial que he visto en mi vida. Si no vestía a mujeres incursionaba en la gastronomía, en el diseño de vestuario, frutas, o compra y venta de… animales. Pero para que todos sus hijos guarden un buen recuerdo no compraba y vendía caballitos, perros de raza o gallinas. A mi madre se le dio por el mercado porcino a pequeña escala.
Cuando Arol era arolito viajaba, con su mamá y sus hermanos, al campo a visitar a sus abuelos. Se metían todos en una camioneta y los más afortunados iban delante, los salvajes nos metíamos en la caja trasera y allí andábamos dando saltos y relinchos. En uno de esos viajes mi madre decidió detenerse en un campo que no conocía y preguntar por unos cerdos pequeños que había, pregunto cuanto crecían, cuanto median, el peso y finalmente el precio; momento en el cual apareció nuestra mejor cara de espanto: Teníamos que compartir nuestro transporte con unos cerditos.
Mi madre, convencida de que ese sería un buen negocio no optó por uno, dos o tres marranitos; apostó todo a unos 15. Después de enfadarnos un poco les amarramos sus patitas y los subimos a la camioneta, donde pudimos nos metimos nosotros y comenzamos la marcha.
Después de aquel primer viaje llegue a la conclusión que el cerdo es uno de los mejores animales para viajar, no hace ruido, no se mueve (y mucho menos si tiene las patas amarradas) y entra en una tranquilidad propia del Tibet. Sin embargo tienen un pequeñito problema: No saben ir al baño y les da ganas justo justo cuando el vehículo emprende su marcha soltando unos pumpunes feísimos.
Por eso el consejo es: si viajan con cerdos, escojan la parte delantera de la camioneta.

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¿Así que todo era para vender Tamiflú?

Ya ni me acuerdo cómo empezó, pero el tema es que al principio le decíamos “Gripe Porcina” y de seguro que fue un cerdo que se sintió afectado y quiso que le cambiemos a algo más fácil de pronunciar “A H1N1” ¿Pero qué demonios que ni las naves de Aliens tenían nombres tan raros. Seguro que más de uno fue a su carnicería amiga y pidió un kilo de A H1N1.

Y a ello le sumamos que nos pasó varias cosas:

Veíamos a alguien en la calle con acento mexicano y ya nos llevábamos el pañuelo a la cara. Los cantores de serenata que vivían junto a mi casa quebraron por la crisis estornudística.

Y que a nadie en la sala se le ocurra toser porque madre santa que te miraban como si tuvieras olor a pata.

Llegó un momento en que tener la Gripe A (sí, venga, le diremos “A” para escribir menos) era casi un tema de estatus. “¿Cómo que no tuviste la Gripe A aun? Es que tu no estás actualizado. Yo la tuve tres veces y con unos mocos que te cagas ¿Quieres un beso?”

Pero lo peor de todo, seguramente, fue la recomendación de no darse besos ¡¡¡ Pero a quién se le ocurre eso!!!!!! Imagínate que los viejos que gobiernan no se preocupan, pero aquel chavalín que está apenas saliendo, que tiene la cara llena de granos y espera con desesperación ligar y de repente se le aparece una tía guapetona, le guiña el ojo y él que piensa “no puedo, por la gripe” ¿Qué hace? Va directo al grano diciéndole “bueno, vale, pero de besitos nada eh”.

Así que ahora, señoras y señores, lo único que deseo, es que a los creadores del Tamiflú les dé la gripe esa y su pastillita no les funcione.