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Así crece nuestro lentejal

Hace unas semanas (tres para ser más exactos) Miri y yo miramos un paquete de lentejas que hay en casa y nos preguntamos: “¿Las comemos o las plantamos?” y como en ese momento no teníamos hambre decidimos soltarlas en un montón de tierra que hay en el salón y allí comenzaron a hacer su aparición las niñitas.

Aquí, una foto por cada semana para que vean la evolución.

Semana 1

Semana 1: Asoman los brotecitos y las semillas aun están por encima de la tierra... hay más tierra que verde.

Lentejal segunda semana

Semana 2: Aparecen ya muy alto los palitos verdes custodiados por un guardian muy bravo.

Lentejal Tercera semana

Semana 3: Creció tanto, tanto verde que el guardian no aguantó más y se lanzó a disfrutar de un descanso en el prao.

Historias de los sábados

Blablablabla

Blablablabla

Es sin querer, lo prometo que es sin querer, pero como si se tratara de un poder mucho más fuerte que yo que llega desde el más allá, cuando estamos desayunando con Miri todos los sábados, aparece en mi mente el recuerdo de mi infancia.
A veces es una historia con mi madre, otras veces es la historia con mis abuelos, o simplemente alguna anécdota de Arol en versión diminuta.
Miri, sábado a sábado tiene (yo creo que le gusta un poco) que escuchar cada una de las andadas arolianas o de lo que se vivia en lugares calurosos a los que no quiere ir en verano. Pero estoy seguro que un desayuno sabaderil sin una historia de infancia, no será un desayuno en casa.
Todo esto cuento porque, si os encontráis con una historia de la niñez, seguramente, fue contada uno de estos fines de semana de extensos desayunos.

Busco Travesti

Llevaba apenas dos días con un nuevo móvil, con un número que no lo tenía más que Miri así que cualquier llamada era, por lo menos, extraña. Y vaya que esta fue rarísima.

 

– Pililin pililin – suena el teléfono y Arol sorprendido lo atiende

– Hola

– Hola; llamo por el aviso del diario – anuncia una voz de hombre un poco afinada

– Sí, dígame – responde Arol sin saber de qué aviso hablaba pero como es curioso siguió la corriente

– Es que vi el aviso donde está buscando travestis y quería saber de qué se trataba

– ¿Travestis?

– Sí

– Creo que está equivocado – responde Arol aunque podía seguir conociendo sobre el trabajo por cotilla

 

El señor (?) insistió un poco, pero tras mis instrucciones  de que llame de nuevo a otro lugar me quedé con ganas de saber para qué necesitaba un travesti.

Travesti al teléfono

Travesti al teléfono

Niñetes abrigados

Abrigado hasta la lengua

Abrigado hasta la lengua

Cuando llega el invierno me doy cuenta que los niños no sufren de frío, sufren de madre. Y es que los pobres mediometros con piernas quieren andar libres, pero ¡no! no es posible porque tienen una señora en casa que lo primero que les dice es “si no te abrigas no sales a la calle”. Así que allí comienza la travesía abriguística.

El pequeño agarra un jersey y se lo pone con cara de morder a alguien, pero la madre llega y se lo quita para vestirlo como el frío manda:

Comienza con dos calcetines finos debajo de los calcetines gruesos; sigue con dos camisetas, porque insiste en que con una no alcanza y menos si encima lo forran con dos jersey, una chaqueta por si llueve, la bufanda de la abuela que deja ver los ojos y un gorro con pompón para reconocerlo.

Conclusión: el niño sale tan lleno de ropa con una rigidez que más que un pequeñejo parece la estrella del arbolito de navidad, muy propicio para la época.

Las rutinas ascensoriles

Todos los días tengo que entrar en un ascensor para subir hasta el sexto piso y llegar a mi humilde morada (que no es

Dele al cliqui cliqui

Dele al cliqui cliqui

lo mismo que violeta) y siempre me encuentro con algo extraño en aquel lugar… el ascensor, no mi hogar dulzón hogar.

Lo primero es que me parece extraño que las personas entren en un coso así cuadrado para subir y bajar; pero la inteligencia humana está al servicio de la pereza así que a no reclamar.

Así que todos los días voy al ascensor, llego solito y cliqui espero que venga porque seguro que el cuadrado se fue a pasear por ahí. Y mientras Arol espera no falta el que llega (generalmente hablando por teléfono) y como no se puede estar quieto esperando le mete su dedo y le da cliqui; y aun no conforme le da otra vez cliqui clicqui ¿Qué? ¿Acaso mi cliqui no es válido y el tiene un cliqui especial? ¿Y para qué le da tantgo al botoncito? No es su perro que de tanto gritarle viene. En fin, se nota que hay personas a quienes el ascensor los supera en neuronas.

Así que uno entra en el aparato ese, y te das cuenta que los personajes más raros y hasta los más gritones del mundo se hacen santos allí. ¡Sí! Sí señores, el ascensor santifica así que si usted no tiene un ascensor en su casa y tiene algunos niños revoltosos o vecinos molestotes, cómprese un ascensor y enciérrelos allí que ya verá cómo se tranquilizan los salvajes.

Pero, seguro, seguro, lo más extraño que me pasa con este coso que sube y baja es cuando no se mueve; y sucede siempre cuando quiero bajar desde mi sexto piso al de la calle. Salgo yo de mi humilde morada (la misma, sí porque aun no me mudé) y entro al ascensor, pero por más que le hago cliqui cliqui, no se mueve. Estoy allí esperando algo mágico y nada; así que vuelvo a ver la botonera, me doy cuenta de lo sucedido y me digo: “Arol, si estás en el sexto, no se presiona el 6” je! La costumbre ascensoril que me confunde.

Cocinar coliflor debería ser delito


Hay cosas que son una mierda, y los olores a veces son más mierdosos que otras cosillas. Disculpen la bocota, pero cuando vuelvo vuelvo sucio, aunque no tan sucio como los vecinos que se les da por cocinar cualquier porquería con la que están dispuestos a contaminar el ambiente.
La coliflor es el peor invento de la naturaleza. Cuando está en el supermercado es hasta bonita, pintoresca esa especie de cabeza de viejecita envuelta en hojas. Pero como nadie se la comería cruda hay que proceder a cocerla, y allí radica el problema.
Cocina (léase “hervir”) coliflor debería ser considerado por la iglesia como un pecado. El 11º mandamiento debería decir “No contaminareis las narices de tus semejantes con ese olor de la ostia”.
Y si los curas no hacen nada (porque tienen mucho ya compitiendo con Michael Jackson) debería ser el poder del Estado quien determine que hervir coliflor es un delito. “Cada metro cuadrado contaminado con el espanto odorífero será castigado con un año de cárcel, o en su defecto, con la ingesta diaria durante un mes de coliflor”, tendría que decir la ley.
Aunque tampoco entiendo por qué los Estados Unidos no la declararon arma química y metieron en jaulas a todas las señoras de casa que hayan tenido la osadía de esparcir eso por el aire.
Como último recurso nos queda convocar a Greenpeace para que le muestre sus banderitas y pinte la coliflor de coloretes rojos como hace con las focas apetecidas por Sarah Palin.

Guardando cosillas en el closet


“No, no. Cómo se te ocurre que botarás eso”. Con esa frase mi abuela mandaba a la horca cualquier interés mío por liberarme de cajas o de otras cosillas que ella consideraba útil como bolsas de cartón, banditas de goma y fundamentalmente cajas de zapato.

Con el paso de los años me di cuenta que guardar cosas es un deporte que se va afianzando con el paso de los años.

Así me he encontrado con gente que guarda botellas de vinos con una miserable gota en su interior y tal vez lo hacen para que digan “ay, mira el vino que toma este” y la verdad que por el aspecto de la botella parece que fue comprada el mismo año de su cosecha: 1965.

También están las mujeres (es más típico de ellas) que guardan zapatos que nunca más en su vida usarán; en muchos casos ni siquiera le entran porque han engordado tanto las patas que ni con aceite de oliva y mucha presión se logrará lo imposible. He tenido una pareja que tenía cosas que parecía que las había comprado en el 86, unos zapatones que estaban más doblados que plátano al sol y con tanta tierra que daba para un sembradío.

Pero sin lugar a dudas lo que reina en el mundo de las cosas guardadas son las cajas de zapatos. No importa la medida del zapato, ni el color de la caja y muchísimo menos el uso que se le dará a la caja. El gran objetivo es guardarlo.
Para todos aquellos que se encuentran preocupados por la cantidad de burradas que han guardado he de comunicarles que hay una forma de liberarse de cuanta porquería almacenen: mudarse.

Las veces que me he mudado he podido hacer desaparecer silenciosamente cajas, bolsas, medicamentos que llegaron a la mayoría de edad y otras tantas cosas. Lo que nunca he aprendido es cómo perder a una pareja en una mudanza.

Sepa cómo extraviar a su pareja en una mudanza


Sabido es que en toda mudanza siempre se pierden cosas, se extravían aquellas que no se tuvo el reparo de haberlas guardado correctamente. La intriga es destacable pues el último recuerdo que se tiene del lugar abandonado es el desierto puro acompañado de un eco sostenible.

Sin embargo el inconveniente enfrentamos cuando sí queremos liberarnos de algo y nos resulta complicado. Y más complicado aun es cuando ese algo es nuestra propia pareja. Las instrucciones, esta vez, están destinadas a satisfacer los más profundos deseos femeninos: liberarse del idiota que tiene junto.

El procedimiento para hacer desaparecer al señorito es simple:

Debe comenzarse con frases tales como “tu sí que eres bueno arreglando cosas” y paso posterior se le dice que debe meterse en el viejo closet que ha regalado la abuela para que lo repare. Una vez adentro y habiendo tenido la precaución de mantener la llave del mueble en mano, se procederá al cierre de la puerta con su correspondiente traba.

Inmediatamente él comenzará con gritos tales como “se me ha cerrado la puerta” o “ábreme la puerta” y tras unos minutos de silencio suyo, estimada señorita, el muy niñete lanzará un “auxilioooo”. Es en ese preciso momento que usted debe hacer intervención y mientras con la mano da instrucciones a los señores de la mudanza para que se lo lleven al camión se aproxima a la puerta y dice: “ya te sacaremos de allí”.

Una vez cerca del camión da instrucciones para que lo dejen junto a la puerta ya que será lo primero que bajarán.

Camino a su nuevo hogar debe pasar por su oficina de correo amiga (esto es clave para que todo resulte al pie de la letra) y anunciar con voz muy baja: “debo hacer un envío al Monasterio Nuestros Señores Calvitos Brillosos de Nepal”.

Tras dejar el pago solicitado por la señora gorda del correo se retira muy contenta y si lo desea se sienta en las piernas de uno de los hombres que hacen la mudanza.

Puajjj


Podría empezar escribiendo esto diciendo que a mi no me pasó o que a todo el mundo le pasa o le pasará algunas vez, e incluso podría decir que le pasó a un amigo y/o amiga pero ¿a quién importa?

Lo cierto es que hay un momento en toda relación que el príncipe azul se destiñe o a la princesa se le rompen los zapatitos de cristal y por más sueño que tengan se convierten en humanos.

La situación se plantea más o menos así: Uno está sentado en el sofá de la casa dando rienda suelta a la pasión televisiva con su amada al lado y con el control remoto en mano hasta que ella decide quebrar el momento al decir: “voy al baño”.

Sin darle importancia uno se queda quieto frente a la caja boba hasta que comienza a percibir que han pasado más minutos de los que el sentido común reconoce como aceptable. Ya van unos 15 minutos y no hay ni un solo ruido. La duda es más fuerte que el pudor y no hay mejor idea que dar un “toc, toc, toc” y preguntar “¿estás bien?”.

Y desde adentro se escucha un leve quejido acompañado de “mmm… sí”. Aunque no parece que está tan bien porque la queja se parece a la de un herido de guerra. Tras una aproximación estratégica con el oído hacia la puerta se puede comprobar que una buena idea de la naturaleza habría sido que los humanos viniéramos con la nariz desmontable porque desde el interior emana un aroma indescriptible y repugnante.

Lentamente uno debe retirarse del lugar para, posteriormente, sacar la cabeza por la ventana como hacen los perritos en los coches y recién una vez que se recobró fuerzas uno debe volver al sofá.

Minutos después ella hace su entrada triunfal como si nada ha sucedido, aunque uno puede notarlo en sus ojos lagrimosos. Y muy como si nada hubiese sucedido porque se pone cariñosa y romántica, tan cariñosa que hace caricias, con sus dos manos, por nuestra cara entonces, por lógica, uno pregunta:

– ¿Te has lavado las manos?

Breve manual para liberarse de un gato


Hace unos cuantos días hay un gato que me viene a visitar. Llora en la puerta y hasta que no lo deje entrar no se calma. Una vez adentro es el personaje más pegajoso del planeta, así que luego de los sufrimientos del caso he descubierto que se puede redactar un breve manual para soportar o ahuyentar los molestos miamiauses de nuestros peludos amigos.

Usted habrá tenido, como todos, la fortuna de hacer callar momentáneamente al tipejo, pero para ello tuvo que hacer entrega de su cama y/o sofá quedando su cuerpo relegado a lugares tales como una silla, el piso o unas simples pantuflas de ositos que lo mantienen en pie.

Es por ello que una vez que sienta que eso que tiene se parece más a una pelusa con un caramelo debajo de la cama que a un gato debe comenzar con el proceso denominado “Operación te vas o te hago al horno” que consiste en ubicar la mano debajo del animal para posteriormente ejercer un movimiento bamboleante sin soltar al cosito hasta que tras tres o cuatro vaivenes decide arrojarlo por los aires al grito de “ay dónde terminará”.

Audazmente nuestro amigo ha de caer en pie gracias a una técnica que ha aprendido en su juventud con los monjes budistas de la Hermandad de los Parados del Tibet. De esta manera, en fracción de segundos lo tendrá de nuevo en la cama al ritmo de grurruuu- grurruuu, porque si hay algo que tienen de característico es su bonita y molestosa perseverancia.

Ahora viene el secreto del manual. atención
Hay una forma de vencer esa técnica que tienen para caer parados. Para que lo sepan, ellos se mantienen en pie porque mueven el rabito de aqui pa’llá; así que tomarán el primer hilo que encuentren (en su defecto puede ser utilizada una soguita de esas que se ponen en las zapatillas) y procederán a amarrar firmemente el extremo superior del rabo con una de las patas traseras que, con finalidad de un buen resultado, da lo mismo si es la izquierda o la derecha.

Posteriormente a la amarrada repetirán el procedimiento de lanzamiento, anteriormente descrito, pero esta vez en lugar de ver cómo cae en pie solo escucharán un “tuc” en el piso de madera (no sean malosos y háganlo en un piso de madera) para luego ver cómo se retira sin siquiera mirarnos.

Si la técnica anterior no funciona se recomienda llamar a la inmobiliaria más cercana a su domicilio y proceder a la mudanza inmediata sin informar del paradero al felino.