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Mi terremoto

Terremoto Chile

Por aqui paseaba yo... imagínate que fuera tu barrio

Los vidrios del escaparate desparramados en la acera, el cartel caído y la mirada de pánico de una mujer llegan con la velocidad de la tecnología y la crueldad de la catástrofe que recién comienza.

Unas calles más abajo el Museo de Bellas Artes deja ver que su fachada fue derrotada por la incontrolable furia terrestre. El impacto es mayor, el dolor y la pena arañan la piel y amenazan con arrancar una pálida gota de los ojos.

Mi casa estaba a una calle del escaparate. Mi casa estaba a unas pocas calles del Museo de Bellas Artes, mi barrio, mi espacio, ese que recuerdo con cariño, se ha desgarrado, como se ha desgarrado medio Chile.

Es paradójico, pero no nos damos cuenta lo que queremos un lugar hasta que la tragedia los invade. Es paradójico porque pese a no vivir más allí, ese pedacito de tierra, hoy destrozado, duele de un modo tan difícil de describir que no permiten escribir una línea más.

El día que arol fue estrella barrial

Corría el año milnovencientos y algo y arol era un niñete pequeñito que jugaba en su casa y tenía amigos en el barrio con quienes se reunía en interesantes tertulias donde se intentaba trascender con destrezas tales como “quién corre más rápido”, “quién salta más alto” o “quién es mejor con la pelota”.
No me interesa mucho explicarles, pero la actividad física jamás fue un bien preciado en el físico aroliano por lo cual todas las destrezas antes citadas estaban bien alejadas de poder cumplirse, pero siempre hay alguien a quien se le ocurre una prueba que puede estar al alcance de los niños poco ágiles.
Creo que tenía unos cuatro o cinco años cuando a un amigo del barrio se le ocurrió la prueba de “quién mea-orina-pipicea más lejos”. Por muy compleja que parezca, la técnica era simple. En primer lugar no es posible que en ella compitan las mujeres pues consistía en ponerse de pie en algún lugar reservado como, por ejemplo, el medio de la calle, sacar la cosa es que todo hombre lleva entre las piernas y apuntar hacia el infinito tratando de dejar una marca húmeda que otro tendrá que superar.
A los cinco años me pareció una idea estupenda. No tenía que correr ni hacer grandes esfuerzos, sino pensar en una técnica. Y se me ocurrió, pero hasta tanto no tuviera todo controlado no lo haría en público pues la reputación estaba en juego.
Así fue que pensé la estrategia: beber mucho agua, aguantar todo lo que se pueda y cuando ya está a punto de explotar, correr al medio de la calle y zákate, el chorro a diestra y siniestra.
Pues bien. Lo hice. Bebí mucha agua, aguanté lo más que pude las ganas, y antes pensé en el ataque sorpresa. Me escondí detrás de un arbusto tratando de que el chorro dibuje un semicírculo en el aire y aparezca del otro lado de la planta que me suparaba a mi en estatura. Llegué al lugar, saqué a mi amiga entre las piernas, apunté hacia arriba mientras la miraba con atención y fue tal la fuerza que no conseguí controlar y el chorro terminó adentro de mi boca.
Conclusión: Fui la estrella del lugar pues nadie había visto (y creo que no lo volvieron a ver) alguien que sea capaz de acertar su propio pipi en la boca. Sin dudas, un genio sin igual.