Llegan las rebajas

RebajasAndaba yo ayer paseando entre tiendas y vendedores callejeros y comencé a ver cartelitos rojos. “Con la que está cayendo ya no hay quien no esté alquilando el negocio para irse a tomar cerveza a Alemania“, pensé. Pero ignorante como todo hombre de estas cosas, tardé en darme cuenta que en realidad se trataba de las rebajas, ese momento del año en que los comerciantes se sinceran y te dicen “te estuve vendiendo esto 80% más caro de lo que vale” o algo más suavecito como “a ver si te atreves a ponerte este abriguín de lana de oveja del polo norte en pleno agosto”.

Pero me di cuenta también que hay un interés muy diferentes entre hombre y mujeres sobre el tema y no es que quiera plantear esto como algo sexista, pero mientras las mujeres llevan 25 alarmas en el móvil (una por cada tienda que quieren visitar) los tíos también llevan 25 alarmas (una por cada excusa que quieren poner para no ir de rebajas) y es que en definitiva sólo se diferencian por una cosa: la mujer quiere seguir acumulando ropa y calzado y el hombre cree que está bien con el par de trapos olorosos que tiene en su armario.

“Este zapato lo necesito porque me puede ir bien con ese vestido que estoy viendo de reojo”, dice ella y en realidad no recuerda que en casa hizo de okupa para robar un espacio en los armarios de la cocina y poner allí un montón de zapatos de tacones, brillosos, botas, bailarinas y algún que otro calzado que debe llevar guardando desde el verano del 88 porque “me lo debería poner más y nunca se sabe cuándo pueden volver los zapatos de plataforma”.

Y él, iluso que cree que mostrando su desinterés se salvará de ir de rebajas suelta un “yo no necesito ropa, si tengo el armario lleno y con lo que tengo está bien”. Pero en realidad le miras ese jersey negro que lleva siempre y tiene más bolas que un árbol de navidad que ni los gatos se quieren arrimar porque no quieren que confundan esas pelotas de lana con pelusas de mayor calidad.

Por eso, señora, lo ideal es que en estas rebajas deje a su marido tomándose unas cañas en la última planta del centro comercial mientras usted corre a comparse esos zapatos, de paso le pilla un jersey sin bolas y vivirán felices y comerán perdices. Y usted señor, si no puede escapar, hágase el interesado en una tienda, después diga que quiere ir sólo a ver un pantalón que le gusta y trate que no le noten el olor a tintorro cuando vuelva de ver su pantalón.

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