Josué y el MST

MSTLos abuelos de Josué vivían en un campo cerca de Rondonia, en el estado de Paraná. Con el tiempo los pistoleros enviados por grandes terratenientes fueron más agresivos, tanto que Josué y toda su familia tuvieron que emigrar. Luego de buscar un lugar terminaron en Londrina, una ciudad grande donde, gracias a su empeño, encontraron trabajo.
Todo parecía sonreir para ellos, pero la crisis, la falta de formación y las exigencias terminaron con la buena suerte. Su pequeña casa se convirtió en un montón de plástico y madera en una favela, el hambre los obligó a buscar en la basura mientras  la delincuencia y el narcotráfico los cercaban. Al mismo tiempo, el gran hacendado que se quedó con sus tierras no las producía sino que las tenía como método para acumular riqueza.
Un día, de sorpresa, llegaron algunos “sintierra” ofreciendo volver al campo, pero con la condición de que tendrían que acampar durante meses frente al campo para que fuese expropiado por el Estado y distribuido entre los que menos tienen.
Después de un tiempo de acampar y esperar la expropiación la familia de Josué recibió un trozo de tierra, tal vez un poco menos de lo que tenía antes, pero allí podría volver a criar a sus animales, plantar y, como él decía “no volver a pasar hambre”.

La historia se repite por cientos de miles en Brasil y tal vez no signifique nada para muchos pero, hace algunos años, ya no recuerdo cuántos, tuve una participación activa en el Movimiento Sin Tierra, tal vez la organización social más grande del mundo. Primero me encargué de comunicación, luego alfabeticé a niños y adultos (en portugués) y terminé coordinando campamentos de más de 200 familias.
Al principio no entendí cómo terminé allí hasta que me detenía a ver la miseria, la necesidad de sobresalir de personas que no tenían más que lo puesto y la urgencia de que alguien les eche una mano.
Tal vez, como decía, no signifique mucho para gran parte de los que leen esto pero hoy, rebuscando a mis amigos del Movimiento Sin Tierra, me acordé de nada una de las caras, de cada uno de los momentos y me emocioné hasta la médula aunque nunca, estoy seguro, tanto como cada uno de ellos se emociona con los huesos temblorosos y las lágrimas en los ojos cuando les dicen que, al menos, hambre no volverán a pasar.

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